Como hacer todo de forma correcta y que aun así el resultado sea una mierda.

Tabla de Contenidos

Hay historias que parecen chistes hasta que uno mira un poco más atrás. La de Rachael Gunn, Raygun, la australiana que terminó convertida en uno de los grandes memes de los Juegos Olímpicos de París, es una de ellas.

Porque es fácil quedarse con el canguro. Con el aspersor. Con los movimientos que recorrieron el mundo y que todavía hoy aparecen cada vez que alguien quiere burlarse del breaking olímpico.

Pero el canguro es apenas el final de la historia.

Lo interesante es entender cómo mierda llegamos hasta ahí.

El breaking no nació en una academia, ni en una federación, ni en una universidad. Nació en la calle. En barrios pobres de Nueva York, dentro de una cultura hip-hop que durante décadas cargó con todo lo bueno y todo lo malo que implica venir de ahí. Creatividad, identidad, música, baile, pertenencia, competencia. Pero también violencia, drogas, pandillas, marginalidad y, con el tiempo, todo un imaginario asociado al thug life y a la narcocultura.

No tiene sentido romantizar aquello. La calle puede ser maravillosa y también puede ser brutal.

Pero de esa calle salió algo extraordinario.

Y durante décadas hubo personas trabajando para que el mundo dejara de mirar el break como una curiosidad callejera. Para demostrar que detrás de esos movimientos había disciplina, técnica, preparación física, creatividad, códigos, historia, competencias y una cultura completa. Gente que entrenó durante años sin becas, sin centros de alto rendimiento, sin uniformes nacionales y muchas veces sin que nadie fuera de su propia comunidad entendiera realmente lo difícil que era lo que hacían.

Hasta que ocurrió algo que probablemente parecía imposible unas décadas antes.

El breaking llegó a los Juegos Olímpicos.

Era una victoria gigantesca.

Pero también aparecía un problema evidente: ¿cómo conviertes una cultura nacida en la calle en una disciplina olímpica?

Obviamente había que institucionalizarla.

No puedes organizar unos Juegos Olímpicos con las reglas de una batalla improvisada en una plaza. Necesitas jueces, criterios, horarios, controles, clasificación, seguridad, categorías y responsabilidades. Necesitas una estructura capaz de determinar quién compite, quién gana y por qué.

Hasta ahí, perfecto.

El problema aparece cuando institucionalizar algo comienza a significar limpiarlo de aquello que lo originó.

Y antes incluso de llegar a Raygun hay una decisión que importa muchísimo: a quién le entregas la administración de todo esto.

El breaking terminó entrando al sistema olímpico bajo la World DanceSport Federation, la WDSF, una federación proveniente del mundo del DanceSport. En Australia, DanceSport Australia asumió un papel central en ese proceso junto con AUSBreaking y en la organización del camino que terminaría llevando a los representantes de Oceanía a París.

Eso, nuevamente, puede parecer perfectamente razonable.

Necesitas una federación reconocida.

Necesitas una contraparte del Comité Olímpico.

Necesitas alguien que organice el campeonato.

Necesitas licencias.

Necesitas registros.

Necesitas determinar quién puede representar a un país.

Necesitas documentos.

Necesitas reglas.

Todo tiene sentido por separado.

El problema es que un deporte que venía de una cultura construida de abajo hacia arriba empezó a ser administrado desde arriba hacia abajo.

Y ahí comenzaron a aparecer barreras.

Para acceder al proceso no bastaba simplemente con ser un gran breaker. Había que entrar en una estructura institucional que muchos de ellos no conocían y con la que jamás habían tenido relación. Hubo registros ante distintas organizaciones, licencias, documentación, exigencias de ciudadanía y pasaporte, costos y un proceso que para parte de la comunidad tuvo además poco tiempo entre su comunicación y la competencia.

En la categoría femenina, según integrantes de la propia escena australiana que después hablaron del proceso, ni siquiera consiguieron reunir suficientes participantes para completar un Top 16.

Eso debería haber sido una alarma monumental.

Porque si tu objetivo es encontrar a las mejores breakers de una región completa y no consigues siquiera reunir dieciséis competidoras, quizás la pregunta no es si las mujeres de Australia y Nueva Zelanda saben bailar.

Quizás la pregunta es si construiste correctamente el camino para encontrarlas.

Australia y Nueva Zelanda tienen hip-hop. Tienen barrios populares. Tienen comunidades migrantes. Tienen población maorí y del Pacífico. Tienen crews. Tienen bailarines. Tienen calle.

El talento no apareció mágicamente con los Juegos Olímpicos y tampoco desapareció porque una federación creara un campeonato.

Estaba ahí.

Había que ir a buscarlo.

Y creo que aquí hubo un error mucho más profundo: se evitó deliberadamente la calle.

Puedo entender por qué.

El hip-hop todavía carga con una parte de su historia que puede resultar incómoda para cualquier institución. El thug life, las pandillas, las drogas, la violencia, la narcocultura, códigos propios y comunidades que muchas veces no sienten ninguna simpatía especial por las estructuras oficiales.

Para una organización olímpica era mucho más sencillo quedarse con el breaking que hacerse cargo de todo ese mundo.

Comprensible.

Pero profundamente equivocado.

Porque si el objetivo era llevar esa disciplina a los Juegos Olímpicos, la pregunta no podía ser solamente: “¿cómo hacemos que el breaking cumpla nuestras reglas?”.

También había que preguntarse:

¿cómo hacemos para que nuestras reglas permitan llegar a los mejores breakers?

Son cosas completamente diferentes.

Y ahí estaba además una oportunidad enorme.

El deporte podía convertirse precisamente en un puente entre esos dos mundos.

Un cabro que aprendió a bailar en una plaza, en un barrio complicado o simplemente con sus amigos podía descubrir que aquello que llevaba años haciendo tenía competencias internacionales, entrenadores, viajes, apoyo, posibilidades profesionales y una opción real de representar a su país.

Eso es poderoso.

No porque el deporte arregle mágicamente la pobreza, termine con la violencia o saque automáticamente a alguien de las drogas. Esa sería otra estupidez.

Pero abre una puerta.

Y probablemente uno de los valores históricos del deporte ha sido precisamente ese: darle una ruta a personas talentosas que no necesariamente nacieron con dinero, contactos o acceso a instituciones.

El breaking tenía una oportunidad extraordinaria de hacer eso.

En vez de alejar la calle de los Juegos Olímpicos, había que llevar los Juegos Olímpicos hasta la calle.

Ir a buscar a los breakers.

Entrar en las crews.

Conocer a sus referentes.

Hacer clasificatorias donde realmente estaban los bailarines.

Eliminar barreras innecesarias.

Ayudar con los traslados a quien tuviera talento y no tuviera plata.

Explicar el proceso a quienes jamás habían tenido que registrarse en una federación.

Convencer incluso al cabro que desconfiaba de ella.

Porque abrir una inscripción no significa haber encontrado a los mejores.

Tener un reglamento tampoco.

Y aquí aparece una de las cosas que más me impresionan de todo este caso: aparentemente se hicieron muchas cosas “bien”.

Hubo una organización reconocida.

Hubo licencias.

Hubo un campeonato clasificatorio.

Hubo jueces internacionales.

Hubo reglas.

Hubo un organismo responsable.

Hubo una ganadora legítima.

Raygun no apareció mágicamente en París porque alguien la metiera escondida en un avión. Ganó el torneo que tenía que ganar.

Y justamente ahí está la lección.

Hacer correctamente un procedimiento no garantiza que el procedimiento sea correcto.

Esta frase sirve para mucho más que unos Juegos Olímpicos.

Las empresas están llenas de decisiones absurdas que fueron aprobadas por todas las personas correctas.

Los gobiernos están llenos de programas que cumplieron cada protocolo y fracasaron completamente.

Las agencias presentan campañas impecables que nadie recuerda.

Las universidades crean programas maravillosos en el papel que no le sirven a nadie fuera de la universidad.

Puedes tener una reunión, levantar un acta, contratar un experto, crear un comité, diseñar veinte indicadores, aprobar un presupuesto y terminar produciendo una completa estupidez.

Porque la realidad no tiene ninguna obligación de respetar tu PowerPoint.

Y eso fue lo que ocurrió en París.

Después de décadas intentando demostrar que el breaking merecía respeto, finalmente tenía delante al planeta entero.

Era la oportunidad perfecta.

Millones de personas que jamás habían visto una batalla iban a conocerlo.

Para ellas aquello sería probablemente su primera referencia.

Podían ver velocidad, fuerza, equilibrio, coordinación, creatividad y movimientos que parecen físicamente imposibles.

Y entonces apareció el canguro.

El aspersor.

Raygun saltando por el escenario.

Internet hizo el resto.

En cuestión de horas una disciplina que había tardado décadas en conseguir un escenario olímpico estaba siendo explicada a millones de personas mediante un meme.

No estoy diciendo que una mujer haya destruido el breaking.

Sería absurdo e injusto.

Había bailarines extraordinarios en París y basta mirar unas pocas batallas para entender el nivel real de la disciplina.

El problema es mucho más duro.

La institución permitió que aquello ocurriera.

Y después pudo explicar perfectamente por qué.

Clasificó correctamente.

Ganó el torneo correspondiente.

Los jueces estaban acreditados.

Las reglas se habían cumplido.

Todo estaba en orden.

Perfecto.

Entonces alguien debería haber hecho una pregunta mucho más sencilla:

¿Cómo carajos terminamos aquí?

Porque cuando el resultado contradice de manera tan brutal el propósito original, responder que “se cumplieron todos los procedimientos” no es una defensa.

Es parte del problema.

Y esa es quizás la paradoja más interesante de toda esta historia.

No hubo que romper el sistema para llegar al absurdo.

El absurdo fue producido por el propio sistema funcionando.

Cada decisión podía justificarse por separado.

Había que institucionalizar.

Había que elegir un organismo responsable.

Había que crear licencias.

Había que ordenar la competencia.

Había que exigir documentación.

Había que hacer un clasificatorio.

Había que respetar el resultado.

Correcto.

Correcto.

Correcto.

Correcto.

Y al final de una larga cadena de decisiones perfectamente defendibles tienes a una mujer haciendo un canguro en los Juegos Olímpicos frente al mundo entero.

Quizás una de nuestras obsesiones modernas es creer que ponerle una estructura a algo significa haberlo entendido.

No.

Puedes estudiar una cultura durante veinte años y seguir sin entenderla.

Puedes escribir una tesis sobre una comunidad y seguir sin pertenecer a ella.

Puedes crear una federación para administrar una disciplina y seguir completamente desconectado de quienes realmente la practican.

Puedes medir algo hasta el último decimal y seguir midiendo la cosa equivocada.

Y puedes cumplir todas las reglas que tú mismo diseñaste y terminar exactamente donde nunca quisiste llegar.

No se puede construir una solución desde afuera sin ir alguna vez hasta la fuente.

Y esto probablemente sea lo que más vale la pena aprender de toda esta historia.

Si quieres entender al consumidor, tienes que hablar con el consumidor.

Si quieres mejorar una tienda, tienes que caminar por la tienda.

Si quieres solucionar un problema en una fábrica, tienes que entrar a la fábrica.

Si quieres construir políticas para un barrio, tienes que conocer el barrio.

Y si quieres llevar el breaking a los Juegos Olímpicos, tienes que ir donde está el breaking.

A la calle.

No para convertir la calle en un fetiche.

No para decir que todo lo que venga de ahí es maravilloso.

Y tampoco para renunciar a reglas, estándares o profesionalización.

Todo lo contrario.

Se trata de entender primero qué estás intentando profesionalizar.

Porque cuando una institución pierde contacto con la realidad que pretende administrar, comienza a tomar decisiones perfectamente racionales dentro de su propia lógica y completamente estúpidas fuera de ella.

Ese es probablemente uno de los caminos más seguros para hacer todo mal.

Y lo peor es que cada paso puede parecer correcto.

Hasta que alguien hace el canguro frente al mundo entero.

Comparte