Cada cierto tiempo alguien anuncia la muerte de algo.
Cuando apareció la televisión, la radio iba a morir. No murió. Cambió, encontró otros espacios, otras audiencias, otros formatos, y hoy sigue siendo parte de la vida cotidiana de millones de personas. Después apareció internet y la televisión iba a desaparecer. Luego YouTube iba a terminar con la televisión. Después el streaming iba a matar a YouTube. Y ahí están todos, todavía.
Algunos más fuertes, otros más débiles, varios en crisis, muchos obligados a cambiar, pero vivos.
Lo mismo pasó con los diarios. Internet supuestamente los iba a enterrar. Y sí, desaparecieron muchos. Ya no existen veinte diarios relevantes compitiendo de la misma manera y probablemente nunca vuelvan a existir. Quedan menos, algunos enormes, otros pequeños, otros extremadamente especializados. Cambió el negocio, cambió la distribución, cambió la forma en que consumimos información.
Pero el diario no desapareció.
Las revistas tampoco.
Los libros físicos tampoco.
Y resulta hasta divertido mirar cómo funciona esto. Durante años nos dijeron que todo sería digital, que el objeto físico era una reliquia destinada a desaparecer, y resulta que en 2026 hay gente comprando vinilos, cassettes, VHS, DVD, Blu-ray y libros impresos mientras al mismo tiempo tiene Spotify, Netflix, Kindle, YouTube y terabytes de archivos digitales.
Porque una cosa nueva no necesariamente reemplaza a la anterior. Muchas veces simplemente le cambia la función.
El vinilo dejó de ser la forma más eficiente de escuchar música y se convirtió en otra cosa: colección, experiencia, objeto, identidad, ritual. El libro físico compite con el ebook, pero también ofrece algo que una pantalla no entrega. Lo mismo pasa con montones de tecnologías, medios, profesiones y productos.
Las cosas no mueren tan fácil.
Lo que sí muere es la mediocridad cuando deja de tener dónde esconderse.
Y esa es la parte que a muchos no les gusta escuchar.
Porque cada transformación tecnológica elimina empresas, empleos y modelos de negocio. Por supuesto que lo hace. Pero muchas veces no elimina una industria completa: elimina a quienes llevaban años haciendo exactamente lo mismo, ofreciendo exactamente lo mismo y cobrando por algo que cualquiera puede hacer mejor, más rápido o más barato.
Esos sí están en problemas.
Y está bien que así sea.
Las empresas pencas van a desaparecer. Los profesionales mediocres van a desaparecer. Los intermediarios que no entregan ningún valor van a desaparecer. Los negocios construidos únicamente sobre una barrera tecnológica van a desaparecer apenas esa barrera deje de existir.
Yo viví esto de cerca. Levanté Agencia Mars en Chile atravesando el estallido social del 2019 y la pandemia. Y por los años que la funde vi el boom de las empresas de neuromarketing en Chile y Latam, centenares de ellas nacieron casi al mismo tiempo, y hoy la gran mayoría ya no existe. En cada uno de esos momentos alguien me dijo que ese no era momento para emprender, que la industria se iba a caer, que mejor esperara. Y lo que vi fue exactamente lo mismo que describo acá: no desapareció la industria, desaparecieron los que no tenían nada propio que ofrecer.
Pero los buenos no necesariamente desaparecen.
Los diferentes tampoco.
Los especialistas probablemente van a tener incluso más espacio.
Cada vez que aparece una tecnología capaz de democratizar algo, pasa el mismo fenómeno: aumenta brutalmente la cantidad de oferta y, como consecuencia, se vuelve todavía más difícil distinguir lo bueno de lo malo.
La inteligencia artificial ya está haciendo exactamente eso.
Ahora cualquiera puede escribir un texto razonablemente correcto, generar una imagen aceptable, producir música, editar un video, programar algo básico, diseñar una presentación o armar una campaña en minutos.
Eso no significa que desaparezcan los escritores, diseñadores, músicos, programadores, publicistas o productores.
Significa que ser simplemente «correcto» empieza a valer menos.
Y eso cambia por completo la competencia.
Durante muchos años bastaba con saber hacer algo que otros no sabían hacer. Hoy buena parte de esas capacidades están disponibles para cualquiera con una plataforma, una aplicación o una inteligencia artificial.
Entonces aparecen dos caminos bastante evidentes.
Ser barato.
O ser distinto.
El problema es que mucha gente quiere seguir siendo exactamente igual a todos los demás y, encima, cobrar caro.
Eso probablemente sí se terminó.
La tecnología siempre empuja hacia abajo el valor de lo genérico. Lo vimos con la fotografía, con la música, con el diseño, con la programación, con los medios y con cientos de industrias más.
Pero al mismo tiempo, aumenta el valor de lo que no es fácilmente reemplazable.
El criterio.
La experiencia.
El estilo.
La especialización.
La confianza.
La reputación.
La capacidad de entender un problema que otros ni siquiera están viendo.
Y probablemente vamos a ver algo todavía más interesante en los próximos diez años: la revalorización de los oficios y de lo hecho por personas.
Ya está empezando.
Durante décadas asociamos automatización con progreso y producción manual con atraso. Pero cuando prácticamente todo se pueda producir de forma industrial, automática o con inteligencia artificial, lo humano va a volver a ser una característica diferenciadora.
No me extrañaría nada encontrar, dentro de algunos años, productos, libros, ilustraciones, muebles, ropa, música o servicios con una etiqueta que diga:
«Hecho 100% por humanos».
Y va a haber gente dispuesta a pagar más por eso.
No porque la máquina sea mala.
Sino porque la escasez genera valor.
Cuando todo se puede producir al instante, lo que toma tiempo vuelve a tener valor. Cuando todo se puede copiar, lo irrepetible gana valor. Cuando todos pueden generar contenido, el que es capaz de tener una idea propia gana valor. Cuando todos pueden automatizar, el que entrega una experiencia genuinamente humana gana valor.
Por eso creo que buena parte del miedo de hoy está mal enfocado.
La pregunta no debería ser:
«¿La inteligencia artificial me va a quitar el trabajo?»
La pregunta debería ser:
«¿Qué parte de mi trabajo puede hacer cualquiera?»
Porque esa parte probablemente sí desaparezca, se automatice o valga muchísimo menos.
Y ahí viene la pregunta que de verdad importa:
«¿Qué puedo hacer yo que siga siendo valioso cuando eso pase?»
Ahí está el espacio.
Siempre hay brechas.
Siempre hay clientes mal atendidos.
Siempre hay industrias donde todos hacen exactamente lo mismo.
Siempre hay gente buscando algo distinto.
Siempre hay problemas que nadie está mirando porque todos están ocupados copiando lo que hace el de al lado.
Encuentra esas brechas.
Cúbrelas.
Especialízate.
Construye algo difícil de reemplazar.
Nada de esto significa que el futuro va a ser fácil. Probablemente va a ser bastante más competitivo. Va a haber menos espacio para hacer las cosas simplemente «bien». Va a tocar ser extraordinariamente eficiente o extraordinariamente distinto.
Pero eso también significa que quienes tengan algo realmente valioso que ofrecer van a seguir teniendo espacio.
Con inteligencia artificial.
Con robots.
Con bots.
Con algoritmos.
Con cualquier tecnología que venga después.
Las herramientas van a cambiar.
Los mercados van a cambiar.
Los formatos van a cambiar.
Las profesiones van a cambiar.
Pero las personas van a seguir necesitando cosas, van a seguir buscando soluciones, van a seguir queriendo experiencias, van a seguir pagando por lo que consideren valioso.
Así que dejen de tenerle miedo a la desaparición.
Miren dónde está pasando el cambio.
Porque normalmente, justo al lado de lo que se está muriendo, hay algo nuevo empezando a tener valor.