La calidad no siempre viene acompañada de resultados, y ese es uno de los errores más comunes de nuestra época: asumir que ambas cosas son lo mismo. Si algo vende, funciona o consigue millones de reproducciones, tendemos a pensar que debe ser bueno. Si algo fracasa, pasa inadvertido o no logra conectar con el público en su momento, concluimos con demasiada rapidez que estaba mal hecho. La historia está llena de ejemplos que demuestran exactamente lo contrario.
Hay películas que hoy son consideradas de culto y que en su estreno estuvieron lejos de convertirse en grandes éxitos. El gigante de hierro es probablemente el caso más evidente. Hoy es recordada como una de las mejores películas de animación de su generación, tiene una comunidad enorme alrededor y es citada constantemente por animadores, directores y espectadores que la descubrieron años después. Sin embargo, cuando llegó a los cines, comercialmente fue un fracaso. No porque fuera una mala película, sino porque una buena obra también puede encontrarse con una mala campaña, una distribución deficiente, un público que todavía no sabe qué hacer con ella o, simplemente, un momento que no la favorece.
Algo parecido ocurrió con El camino hacia El Dorado. Durante años fue tratada casi como una nota secundaria dentro del catálogo de DreamWorks. No consiguió el rendimiento esperado y quedó muy lejos de otros éxitos del estudio. Con el paso del tiempo encontró a su público. Sus personajes, su humor, su música y su identidad terminaron siendo apreciados por una generación que quizá ni siquiera la vio cuando fue estrenada. Lo mismo puede decirse de Atlantis: El imperio perdido. Disney esperaba una cosa de ella, el mercado respondió de otra manera, y durante mucho tiempo quedó clasificada entre las producciones que «no funcionaron». Hoy tiene una consideración muy distinta, y eso no significa que se haya convertido mágicamente en una mejor película veinte años después. Significa que la película ya estaba ahí y que el reconocimiento llegó más tarde.
Y si queremos llevar esta idea mucho más lejos, basta pensar en Vincent van Gogh. Hoy sus obras se venden por decenas de millones de dólares y algunas forman parte del patrimonio cultural más reconocido del mundo. Pero durante su vida el reconocimiento fue escaso y sus cuadros prácticamente no tuvieron mercado. Es imposible saber exactamente qué pensaba de sí mismo en cada momento, pero sí sabemos que murió sin alcanzar a ver la dimensión que tendría su obra. Es difícil imaginar una distancia mayor entre resultado y calidad. Sus cuadros no se volvieron hermosos después de su muerte. Van Gogh no se convirtió en un genio cuando el mercado decidió pagar millones por él. Las obras ya estaban ahí. El talento ya estaba ahí. Lo que llegó tarde fue el reconocimiento.
Eso es lo interesante: el tiempo muchas veces separa la obra de su resultado inicial. La taquilla desaparece, las campañas publicitarias se olvidan, las expectativas del estudio dejan de importar y la competencia de aquel fin de semana ya no existe. Lo único que queda es la película. Entonces podemos volver a verla sin todas esas variables alrededor y quedarnos con lo simple: si era buena.
Esa pregunta me parece mucho más importante que cuánto vendió.
El resultado mide recepción. La calidad mide otra cosa: ejecución, criterio, profundidad, oficio, originalidad, coherencia, cuidado. Una obra puede tener todo eso y aun así fracasar comercialmente. Del mismo modo, algo mediocre puede convertirse en un éxito enorme porque apareció en el momento correcto, porque entendió perfectamente el algoritmo, porque tuvo una campaña extraordinaria o porque supo explotar algo que el mercado estaba buscando en ese instante.
No hay nada malo en querer resultados. Yo también quiero que las cosas que hago funcionen. Quiero que sean vistas, que encuentren audiencia, que crezcan y que tengan impacto. Sería absurdo romantizar el fracaso o fingir que el mercado no importa. Pero permitir que el mercado sea quien determine nuestro criterio es una cosa muy distinta, y ahí empieza un problema mucho más profundo.
Si una cosa mediocre vende más que una buena, la conclusión no debería ser que tenemos que empezar a hacer cosas mediocres. Si un contenido superficial obtiene diez veces más reproducciones que uno trabajado durante semanas, eso no significa que debamos abandonar el segundo. Si una fórmula repetida funciona mejor que una idea propia, no tenemos que repetirla hasta convertirnos en una copia más de todo lo que ya existe.
Yo creo que no.
Podemos aprender a comunicar mejor lo que hacemos. Podemos estudiar por qué algo no encontró público. Podemos mejorar distribución, títulos, formatos, promoción y todas las variables que rodean una obra. Incluso podemos aceptar que algunas veces lo que hicimos simplemente no era tan bueno como pensábamos. Todo eso forma parte del proceso.
Lo que no deberíamos hacer es confundir una mala respuesta con una mala obra.
A veces las cosas buenas rinden mal. A veces las cosas malas rinden extraordinariamente bien. Y ambas realidades pueden coexistir sin contradicción.
El problema aparece cuando empezamos a sacrificar calidad porque descubrimos que la mediocridad resulta más rentable. Ahí ya no nos estamos adaptando al mercado: le estamos entregando nuestro criterio. Y si todos hacemos exactamente eso, terminamos produciendo lo mismo: contenidos construidos con las mismas fórmulas, películas diseñadas a partir de las mismas tendencias, campañas copiadas de otras campañas y personas diciendo lo mismo porque descubrieron que eso era lo que el algoritmo estaba premiando esa semana.
Por eso creo que hay algo que vale la pena defender, incluso aunque a veces cueste más.
Hacer cosas buenas.
Hacerlas porque creemos que están bien hechas. Porque tienen una idea detrás. Porque tienen identidad. Porque hay trabajo, oficio y pensamiento puestos ahí. Después habrá que intentar que funcionen, claro. Habrá que aprender a venderlas, distribuirlas y encontrar a quienes podrían valorarlas.
Pero nunca deberíamos dejar de hacer cosas buenas simplemente porque las mediocres se venden más.
Quizá algunas encuentren reconocimiento de inmediato. Otras tardarán años. Algunas, probablemente, nunca lo encontrarán.
Pero el reconocimiento nunca fue lo que las hizo buenas.